Hubo un tiempo en que mi cuerpo era 70% agua… y 30% refresco de cola. O de naranja. O light. Lo importante era que burbujeara. Pero un día dije: hasta aquí. Dejar los refrescos parecía una misión imposible, como correr sin que se te suba el flato o sobrevivir a una comida familiar sin postre.
🍭 Capítulo 1: Vivía con una lata pegada a la mano
En mi versión más honesta, mi día empezaba así:
- Abrir los ojos.
- Café.
- A la hora y media: «va, una latita pa’ despejarme bien.»
- Comida con refresco.
- Merienda con refresco “light”.
- Cena: “solo agua… bueno, un traguito nada más”.
Y así pasaban los días: con la burbuja siempre presente. Si el agua me hablaba, yo no la escuchaba. Era “sosa”, “aburrida”, “sin chispa”. Pero claro, luego no entendía por qué me sentía inflada como globo, dormía mal y tenía la energía de una patata hervida.
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🚨 Capítulo 2: Señales de que estaba pasando del límite
Te comparto algunas red flags que ignoré por AÑOS:
- Si no había refrescos en casa, me ponía nerviosa.
- El agua me sabía a traición.
- Empezaba a necesitar dos al día para “sentirme bien”.
- El azúcar me daba subidón… y luego venía el bajón que ni montaña rusa.
- Me decía “al menos es light”, como si fuera vitamina C.
Hasta que un día, me vi a mí misma ocultando latas vacías en la basura para no parecer una adicta. Y ahí dije: basta. Esto no era solo un hábito, era una relación tóxica con burbujas.
💡 Capítulo 3: El plan (que no incluía mudarme a una cueva)
No me fui a un retiro espiritual. No tiré todo el gas de golpe. Lo hice como la gente que teme sufrir: pasito a pasito. Y aquí te dejo cómo lo logré:
1. Transición dulce pero sin azúcar
Pasé a tomar refrescos sin azúcar solo uno al día. No era perfecto, pero era un paso. Y poco a poco, bajé la dosis, como quien deja el drama en las discusiones familiares.
2. Agua con cosas (pero legales)
Descubrí el agua con hielo, rodajita de limón, menta, pepino… hasta fresa. Me sentía como una influencer vegana. Pero funcionaba. De pronto, el agua tenía gracia.
3. Té frío casero (sin azúcar, pero con flow)
Hacía litros de infusiones fresquitas: menta, rooibos, hibisco. Me creí alquimista. Pero eso sí: el cuerpo empezó a responder.
4. No tener tentaciones a mano
Regla de oro: si no hay en casa, no hay peligro. Como con las galletas, los ex y los mensajes a las 3 de la mañana.
5. Celebrar las pequeñas victorias
Cada día sin refresco era un logro. Me daba un premio (NO un refresco, gracias): una siesta, un capítulo extra de serie, una caminata con podcast motivador.
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🧠 Capítulo 4: Los beneficios de dejar los refrescos (confirmado por mi cuerpo y la ciencia)
No es solo postureo. Dejar los refrescos cambia cosas reales, incluso si no lo notas en los primeros días. A mí me pasó esto:
✅ 1. Adiós hinchazón
Ya no parecía que me tragaba un globo después de cada comida. Menos gases, menos incomodidad, menos «me aprieta el pantalón aunque me quede quieta».
✅ 2. Mejor piel (sorprendentemente)
Sí, menos azúcar y más agua = piel menos grasa, más luminosa y menos granitos random. Me sentía influencer sin filtro.
✅ 3. Dormía mejor
Spoiler: el exceso de cafeína y azúcar interrumpe el sueño más que un grupo de WhatsApp familiar. Dormir como un tronco volvió a ser una realidad.
✅ 4. Energía real, no de subidón
Mi energía se volvió más constante. No más “me siento on fire y luego me apago como vela mojada”.
✅ 5. Adelgacé sin contar calorías
Solo al quitar los refrescos bajé de peso sin cambiar NADA más al principio. Y no hablo de 10 kilos en 3 días, pero sí de empezar a desinflarme.
😂 Capítulo 5: Cosas que pensé al dejar los refrescos
- “El agua no sabe a nada” → ¡Ni falta que hace!
- “Necesito algo dulce” → A veces sí, pero aprendí a reconocer cuándo era antojo y cuándo era sed.
- “Esto no va a durar” → Llevo meses y no los echo de menos. Bueno, a veces, un pelín… pero ¡resisto!
- “Soy más fuerte de lo que pensaba” → ¡Y tú también!
¡Y hasta aquí la entrada sobre cómo conseguí dejar los refrescos!
